Editorial

Todas las profesiones evolucionan, viven cambios y sufren transformaciones. En el caso del arteterapia observo que, debido al camino que ha recorrido hasta ahora y al que aún le queda para poder afianzarse de forma reconocida en nuestro país, esta evolución y esta capacidad de cambio son todavía más acusadas. La teoría de arteterapia, como espacio de reflexión y de interrelación con la práctica, es un área especialmente viva, que se está construyendo paso a paso, poniendo de relieve y argumentando estos cambios, con cada experiencia en el campo clínico y en el docente y por supuesto, a través de los trabajos escritos que van apareciendo, tanto en la edición de libros como en publicaciones periódicas, como es el caso de la revista Inspira.

Siguiendo este hilo, y pensando en los diferentes artículos que conforman el presente volumen, me gustaría poner el foco en un aspecto de nuestro trabajo que ocupa buena parte del cuerpo teórico del arteterapia, el cual va tomando forma progresivamente. Me refiero a poder definir con mayor claridad cuál es nuestro rol como arteterapeutas, con todas sus variantes según el colectivo y el tipo de institución en el que trabajamos.

Tanto los artículos como la entrevista que reunimos en el Volumen 6, me han hecho pensar en su amplitud y en sus diferencias. Cuatro de los cinco artículos están especialmente vinculados al duelo. Tratan acerca de la viudedad, de las intervenciones en oncología, en paliativos y del trabajo con personas que padecen párkinson. Podemos ver que en todos ellos hay aspectos comunes y a la vez grandes diferencias: en cómo trabajamos y cómo nos situamos ante un paciente o un grupo para elaborar el duelo, con todo lo que implica, o bien en la mirada y el tipo de escucha que podemos ofrecer de forma única en cada caso. Hay una gran diferencia en atender a alguien en su domicilio o en un entorno hospitalario, en una institución como la Associació Catalana per al Parkinson, o en una Unidad de Paliativos, donde nos encontramos a menudo con una sesión única y con un encuadre muy diferente al habitual. Pero a la vez, nuestro setting interno nos provee de las mismas herramientas en todos los casos, como la forma en la que establecemos un vínculo y nos basamos en la relación como aspecto central de la terapia y en la facilitación del proceso artístico, adaptándonos siempre a cada realidad. La entrevista a la Dra. Mellado, del Hospital Clínico de Barcelona, a su vez, proporciona una visión desde otra perspectiva, la del profesional de la institución que puede valorar la aportación de arteterapia como una pieza más en la tarea y en los objetivos del centro.

Respecto al tema compartido en estos cuatro trabajos, la experiencia me ha hecho ver que a veces hay duelos que no pueden “superarse”, como a menudo se pretende, pero sin embargo, un proceso terapéutico como el que se ofrece desde el arteterapia puede ayudar a conseguir estar en paz con la situación que se vive, para poder seguir adelante, transformando el vacío en la valoración de algo profundo que formará parte para siempre de la persona. Éste sería para mí un objetivo común en las diversas intervenciones tratadas.

Por otra parte, el quinto artículo nos lleva a un aspecto interesante y poco abordado de nuestro papel como arteterapeutas. Me refiero al que tiene lugar en relación al trabajo multidisciplinar en las instituciones en las que intervenimos. Ya sea un hospital, una escuela, un geriátrico o un centro de atención a la discapacidad, por ejemplo, parte de nuestro rol es aportar una mirada y facilitar una información que pueda ser útil al trabajo que se está llevando a cabo, de forma conjunta, por el equipo de profesionales. El artículo “Un secreto entre dos soles”, que muestra la intervención en arteterapia con una niña en una escuela pública, nos lleva a reflexionar sobre el alcance de nuestras aportaciones al equipo en lo que a los diagnósticos se refiere. Como sabemos, el único profesional que puede diagnosticar es un psicólogo clínico (o arteterapeuta en caso que sea ambas cosas). En nuestro caso, aunque tengamos conocimientos de psicopatología, nos limitamos, que no es poco, a la capacidad de comprender qué ocurre en las sesiones y a poder compartir adecuadamente la información necesaria con el resto del equipo. La experiencia en las sesiones, a través de la relación con el paciente, del trabajo creativo de éste y de la riqueza que aporta el proceso, puede proporcionar una visión muy profunda y una valiosa información para la comprensión de cada caso. Como se describe en este artículo, en ocasiones incluso puede ser útil para corroborar o a desestimar un diagnóstico establecido.

Todo ello nos puede ayudar a ver con mayor claridad el alcance de nuestro papel como colaboradores y compañeros en equipos multidisciplinares. Pero sobretodo, creo que nos puede servir para tener una autoimagen profesional más realista y clara, asumiendo tanto nuestros límites como nuestras posibilidades más amplias. Y ver que lo que podemos observar y aportar no sólo tiene valor, sino que en ocasiones puede ser determinante, y finalmente es nuestro deber saber compartirlo correctamente.

Así pues, parte de nuestro avance se encuentra en la capacidad de ensanchar horizontes, de ser conscientes de nuestras posibilidades y de darlas a conocer.

 

Montserrat Montané                                             montserratma@artterapiagranollers.com

Puedes descargar la editorial, pinchando aquí.

Disponible la editorial en catalán, pinchando aquí.

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