divulgativos

¿Por qué me tuvísteis si ya no estáis juntos? Divorcio y funciones parentales por Rosa Royo

Rosa Royo Esqués

Psicóloga Clínica. Psicoanalista (SEP/IPA). Psicoterapeuta (EFPA/COP). Supervisora instituciones públicas y concertadas de salud mental general y de atención, tratamiento y prevención del maltrato y abuso sexual infanto-juvenil y de la violencia familiar. Profesora del Institut Universitari de Salut Mental FVB(URL)

rosaroyo@copc.cat

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Ponencia en la 21ª Jornada de CDIAP del Maresme/Mataró  20014 (Barcelona)

La crianza como  base de la salud mental 

“No existe arte más difícil que el de vivir. Porque para las  otras artes
y ciencias, en todos sitios se encuentran numerosos maestros”.   
E. Fromm

imagenrosaroyo

Una vez me llamó una amiga algo impactada porque su hija de cinco añitos, justo cuando se acababa de separar, le preguntó: “Los papás y las mamás se casan para tener hijos. ¿Por qué me tuvisteis si ya no estáis juntos?”.

¿Cómo responder a esta pregunta? ¿Qué imagen se construyen los niños, especialmente los más pequeños, de lo que pasa en su mundo?

Hay  la falsa ilusión que si son pequeños no se dan demasiada cuenta y por tanto, se acomodarán mejor a los cambios. En realidad es justamente al revés, en la medida que son mayores, que tienen las palabras y los conceptos para pensar, son más capaces de entender y de hacerse entender en sus necesidades, inquietudes, y por tanto, están más preparados para adaptarse a las nuevas situaciones.

No hay duda que para un niño no es lo mismo que los padres se separen o que la familia se mantenga intacta. Pero lo que verdaderamente importa, es cómo sus adultos le ayuden a transitar por las diferentes situaciones de la vida. Desde esta perspectiva haré algunas reflexiones, desde una posición lo más libre posible de perjuicios, donde tener en cuenta el peso de la realidad, no nos impida pensar que los acontecimientos de la vida toman su importancia en función de cómo son vividos por la persona y en el caso de los niños, cómo les ayudan los mayores a elaborarlos.

“Tenía seis años, pero todavía no me había hecho mayor, todavía no había decidido morirme para ir al cielo, el día que la mamá me anunció que habíamos perdido a papá”.

Después de decírmelo, se sonó la nariz y cerró los ojos. Me di cuenta que los tenía muy rojos. ¡Pobrecita! Me levanté del sofá y corrí a darle un beso. No llores, le dije: ya verás como lo encontraremos”.

Así comienza “El final del juego” de la escritora Gemma Lienas, que trata sobre el divorcio visto desde los ojos de Adrián, un niño de 6 años atrapado en la separación conflictiva de sus padres. Adrián no acaba de entender los cambios que hay en casa, a pesar que los dos padres quieren lo mejor para él. Primero, lo enredan todo no explicándole claramente lo que pasa, como si así le pudiesen ahorrar preocupaciones, cuando en realidad le producían todavía más confusión. Después, quizás explicando más cosas de las que haría falta a un niño, o bien explicándolas de una manera que no ayuda nada a hacerle las cosas fáciles. ¡Qué real es esta historia de ficción! ¡Cuántas veces repetida!

La vida de las personas es compleja y el entramado de la vida en pareja también. Las razones por las que dos adultos deciden separar su convivencia y los proyectos de futuro, es un tema complicado con muchas connotaciones, tanto de tipo social, político, educativo, religioso, sería tema para otro trabajo. De lo que trata este artículo es lo que pasa con las funciones parentales cuando esta pareja se separa. Lo ideal sería que, a pesar de que se han separado como pareja, no lo hagan como padres.  Algunos lo consiguen y otros no.

Mantener una adecuada parentalidad después del divorcio dependerá en parte de la situación concreta pero sobretodo, de la personalidad y la historia previa de cada uno de los miembros. Como indica la frase: “Dime como te separas y te diré como te juntas”

Un divorcio representa una crisis que trastoca a todo el grupo familiar. Crisis, que a pesar del dolor que genera, si se puede elaborar, se convierte en una ocasión para aprender. En caso contrario, si alguno de los miembros no lo sobrelleva bien, se puede quedar detenido en ella; congelando los sentimientos que implica y repitiendo situaciones sin aprovechar la experiencia. Muchos separados se embarcan en litigios que duran años porque no pueden disolver la unión emocional. Ya sabemos que tanto une amor como odio; las dos son pasiones potentes.

Desde el modelo psicoanalítico, toda separación supone una pérdida. Así, la ruptura de la pareja será una experiencia de duelo a la que todos los implicados, padres e hijos, reaccionarán organizando una compleja gama de sentimientos, emociones, fantasías, actitudes, conductas y defensas que afectarán a la totalidad de cada uno de ellos.

La manera cómo la pareja de padres resuelven la crisis y superan el dolor de la pérdida, es el primer factor a tener en cuenta para valorar la repercusión del divorcio en los hijos.

Si idealizamos la familia, podríamos pensar que los hijos de los divorciados estarán peor que los de las parejas estables. Pero un hecho complejo e incluso traumático, no puede ser por sí solo el eje de una evolución patológica. Desde una comprensión psicoanalítica de las personas y de los vínculos humanos, se considera que depende de cómo se vive y se integra este acontecimiento. Por tanto, tendrá una importancia vital el análisis de las relaciones padres e hijos antes, durante y después de la separación.

En los primeros momentos de la ruptura, no sólo la pareja si no el propio entorno se siente desorientado frente a la situación. Nadie está seguro de lo que se ha de hacer ni de lo que es más conveniente.

A pesar de que con la separación cristaliza una situación que ya era conflictiva, llevarla a término supone oficializar la ruptura de la pareja.

En la medida que la separación también comporta una ruptura de la familia se da, al menos momentáneamente, la desaparición de los puntos de referencia y por tanto constituye una experiencia de riesgo.

Frente a un cambio en el sistema de vida siempre aparece un cierto grado de incertidumbre sobre el futuro. En el caso de las separaciones de pareja, es frecuente que se activen ansiedades básicas, primitivas, de desconfianza, desamparo, culpa o miedo y se reaccione con mecanismos defensivos ante estos afectos. Lo que explica muchas de las respuestas manipuladoras, obstinadas, rígidas y hostiles que se dan durante el proceso.

Los padres absorbidos en la propia problemática, no siempre protegen a los hijos. Los colocan en medio de las peleas, escuchan descalificaciones e intimidades que no les corresponde saber, ni por el rol ni por la edad. En estas circunstancias, el divorcio de los padres puede despertar en los hijos fantasías de abandono e inestabilidad vinculadas a la pérdida de la seguridad del hogar, a la protección que representa para el niño tener al padre y la madre juntos.

En las rupturas de pareja el proceso de duelo suele iniciarse mucho antes de la separación; justo cuando se impone la idea de que ya no se podrá recomponer la relación. Son los momentos de las sensaciones de pérdida, tristeza, protesta y desesperanza. Momentos en que a menudo la culpa todavía es del otro o, según cómo, totalmente de uno. La realidad es que la culpa en los momentos iniciales no acostumbra a estar bien repartida.

Los hijos por su parte, saben que el divorcio no es una cosa inevitable, si no una decisión de uno o de los dos padres, por eso, ellos creen que el divorcio sí tiene culpables. Culpan a uno o a los dos padres o a ellos mismos. ¿Es él quien hace enfadar a los padres y por eso se separan? O como una paciente que durante el proceso de separación, su hijo de 10 años, que padece una enfermedad crónica, le preguntó si era por culpa de su enfermedad que se divorciaban.

Cristina tiene 7 años cuando consultan por ideas obsesivas que le invaden la cabeza. La madre, una mujer bastante ansiosa, viene a la sesión acompañada de su pareja actual y comenta que se separó del padre de Cristina cuando ésta tenía 1 mes de vida. Éste tiene una nueva pareja, Irene, desde hace 3 años. La niña mantiene un régimen de visitas quincenal. Desde hace 3 o 4 meses Cristina ha empezado a comparar constantemente a la madre con la compañera del padre. La madre explica que si le hace una comida o le compra alguna cosa, la niña se lo agradece pero enseguida se golpea la cabeza diciendo que Irene lo haría mejor o le compraría un algo más bonito. Cristina sabe que no es verdad pero no puede dejar de pensarlo ni  de decirlo a su madre.

La niña está totalmente al corriente de la problemática de los padres, del motivo de la separación, de sus peleas, etc. Pero tiene dos versiones totalmente diferentes; la de la madre y la del padre. La madre comenta que Cristina es muy inteligente y que a menudo le dice: “Lo sé todo menos quién miente”, refiriéndose a cual versión de los padres es la buena.

A parte de la duda de quién es mejor si la madre o Irene, también tiene otra duda obsesiva; no sabe si el Niño Jesús es malo o bueno. También a menudo le pregunta angustiada a la madre por el tema de la muerte y si no la dejará nunca.

Al preguntar si ha habido alguna novedad en los últimos 3 o 4 meses, la madre dice que no, que nada diferente. Pero al final de la entrevista la madre comenta que Irene está embarazada de 3 o 4 meses. Les digo que hay una coincidencia en el tiempo de los síntomas de Cristina. La madre desconcertada dice que no puede ser eso ya que la niña no es celosa.

A la sesión siguiente, la primera que venía Cristina, nada más entrar a la sala y decirle que su madre vino el otro día porque quería ayudarla, me interrumpe diciendo: “Irene tendrá un bebé”, delante la perplejidad de la madre y cierto desconcierto por mi parte.

El compañero de la madre, que durante la sesión, a la cual asistió, se mostraba muy de acuerdo con la madre y aprove-chaba la ocasión para criticar al padre, durante el proceso diagnóstico se separó de la madre. Al marchar de casa, en un arrebato, entró en la habitación de Cristina y le dice: “Que sepas que es tu madre la que miente”.

En esta viñeta podemos observar, cómo las mentiras de los padres y las maniobras para ganarse a la niña han producido en ella una confusión difícil de clarificar, que se traduce en un síntoma obsesivo de quién es bueno o quién es malo, tanto los adultos como los niños (bebés) representados por la figura del Niño Jesús.

Para evitar los sentimientos dolorosos de la separación, una de las falsas salidas empleadas por los adultos es la negación de la pérdida y los sentimientos añadidos a través del control, triunfo y menosprecio al otro. En estos casos se observa una huida hacia delante; todo ha de quedar atrás, ser olvidado y rechazado. Esta posición, a menudo conduce a nuevos emparejamientos y a una pseudoconstrucción de la vida familiar en la que los hijos también quedan implicados, sin darles tiempo para digerir los cambios relacionales y los sentimientos que comportan.

Tenía un paciente que después de un tiempo aún breve de separación y ante la insistencia de los amigos para que saliera “a ligar y olvidar”, me comentó: “Mis amigos no entienden que eso del divorcio y las nuevas parejas es como beber vino. Si al cambiar de vino no lavas la copa, todo se mezcla, se pierde el gusto y el olor de cada uno. Todo se confunde”. Me pareció una excelente metáfora.  Si esto le pasa  a los adultos, ¡qué no pasará a los niños! Todo se mezcla, se confunde y se dificultan procesos que hechos con más tiempo y pensamiento, podrían ser bien llevados por los hijos.

Observamos a menudo que los niños están expuestos a las nuevas relaciones de los padres antes que ellos mismos estén seguros de la continuidad del vínculo. Así, los niños entran en contacto con las nuevas parejas y a veces, los hijos de éstas, en unas relaciones inestables, cambiantes y donde se reeditan las pérdidas en cada nueva ruptura.

Manel tenía 6 meses cuando la madre se separó del padre al darse cuenta que hasta aquel momento había vivido en un mundo falso. Su pareja, un hombre de estructura narcisista, no había dado muestras claras de su patología hasta que apareció el bebé, momento en que se sintió ocupando una posición de “segunda fila”, produciéndole una herida que le llevó a desvincularse de la vida familiar.

La dificultad del padre de Manel para estar solo al mismo tiempo que para establecer vínculos profundos, hacía que el niño conociese constantemente nuevas parejas. Manel explicaba a la madre cómo se lo había pasado en función de si se había entendido o no con el niño con el que  le había tocado convivir aquel fin de semana.

Otras personas  en vez de huidas hacia delante quedan atrapadas de una manera obsesiva en la duda y la culpa.

El que ha pedido la separación se siente ambivalente, no está seguro que la ruptura haya sido una buena decisión. La culpa aparece con fuerza hacia la pareja y especialmente hacia los hijos a quienes se les ha privado de la familia intacta. En este escenario contradictorio no es infrecuente que, consciente o inconsciente, aparezcan al mismo tiempo sentimientos de hostilidad hacia los hijos, al ser vividos como un obstáculo para restablecer nuevas relaciones de pareja.

Una vez el divorcio se ha producido hay cuestiones en relación a los hijos que los padres deberán resolver como la custodia, régimen de convivencia, gastos,… en ellas se observa cómo se está haciendo la separación; si se piensa en los hijos o se establecen en función de los intereses de los adultos. Es un momento donde los sentimientos más agresivos pueden tomar el poder. Descalificaciones, rabia y comportamientos de “acting out” son frecuentes. Los hijos ante estos conflictos, les cuesta mantenerse al margen.

La guardia y custodia en Cataluña desde el 2010 es paritaria, menos en los casos de violencia de género. La idea inicial fue la del bienestar del menor, pero en la práctica hay intereses económicos, como por ejemplo el no pago de la manutención y el uso de la vivienda.

Esta opción, que se ha empezado a llamar “niños maleta”, nada más funciona si hay buen entendimiento entre los padres, si no es un elemento más de perturbación para los niños que van con el calendario en la mano para saber quién les va a buscar o dónde pasarán el fin de semana.

Una tira cómica llamada “Custodia Compartida” trata de una niña de nombre “Custodia” y de los avatares de su vida con padres separados. En una de las tiras se ve a los padres de Custodia, en los despachos de sus respectivos abogados, hablando por teléfono leyendo las interminables cláusulas del convenio regulador. En la viñeta final aparece Custodia en casa de un amiguito, que ya duerme, donde han celebrado una fiesta de aniversario, hablando con los padres del niño, que ya van en pijama. Custodia dice a la madre, en respuesta de una supuesta pregunta de la mujer: “Mis padres han invertido años y parte de sus fortunas personales en conseguir que esta pregunta no tenga una respuesta ni fácil ni directa. ¿Qué pregunta? interpela el padre, a la que contesta la madre: “Quién le tiene que venir a recoger, ¡su padre o su madre!

El deseo de salvar este problema de los “niños maleta”, ha dado como resultado la modalidad de que sean los niños quienes estén en el domicilio y los padres quienes se trasladen. Situación que comporta demasiados problemas añadidos para darla como buena.

El pronóstico de la reorganización familiar post-separación dependerá de las capacidades de los miembros de la pareja para, a pesar de todo, dialogar y negociar. Cada uno tendrá que hacer su propio duelo. Es fundamental aceptar que la
relación se ha acabado aunque no se quisiera, renunciando a la fantasía de reunificación familiar. También es primordial salir de la disociada posición entre buenos y malos, víctimas o culpables. Colocarse fuera de estos roles favorecerá el mantener las funciones parentales de la manera más adecuada y por tanto, la protección de los hijos. Mientras no se disuelva el duelo por la relación perdida, la pareja  seguirá unida en la pelea utilizando a los hijos como “moneda de cambio”;
perdiendo de vista las necesidades de los pequeños. Si esta etapa no se resuelve suficientemente bien, puede generar conflictos en los hijos, en el presente y en el futuro, especialmente en la capacidad para confiar y a establecer buenas relaciones de pareja y familiares.

Alicia consultó a los 30 años, cuando su primer hijo tenía 6 meses. No sabía como compaginar la crianza del bebé y la vuelta al trabajo, cuestión que le generaba un profundo sentimiento de culpa.

Esta paciente ya había seguido una psicoterapia anteriormente, motivada por las dificultades con sus padres, que ella suponía ya resueltas hasta el momento de tener su bebé.

Los padres de Alicia se habían separado cuando ella tenía 5 años. Nunca supo las razones, nunca se hablaron, lo único que supo es que una noche el padre de un revuelo cogió a Alicia y a sus hermanos y se trasladaron a casa de un familiar hasta que al cabo de unos meses se establecieron en un piso propio.

La noche de la separación de Alicia perdió a su madre, a la familia materna, sus amigas, la casa, los juguetes, el colegio,… No volvió a ver a su madre hasta que ella la buscó a la edad de 19 años a causa de una pelea adolescente con el padre. La madre respondió casi como si nada hubiese pasado. Tampoco se habló del tema, se vieron en alguna ocasión más pero la relación no fue ni cálida ni idílica como Alicia había imaginado. Esta vez fue ella quien se marchó enfadada y decepcionada de la madre.

El nacimiento de su hijo despertó en ella la exigencia de ser, por encima de todo, una “buena madre”. Eso le impedía compaginar su función materna y el ejercicio de su profesión que, a pesar de que le interesaba mucho, era sentida como “abandonar” a su hijo, convirtiéndose así en alguien como su madre, una madre abandonista que no había luchado por ella.

Esta viñeta muestra el efecto que tuvo en Alicia la ruptura del vínculo con la madre y cómo en la propia maternidad se reactivaron las dificultades. Las consecuencias negativas para esta paciente no fueron las derivadas del divorcio de sus padres si no, una vez más, en cómo éste se llevó a cabo.

Los padres capaces de diferenciar y tener en cuenta el padecimiento de los hijos, diferente del propio, ayudan al buen pronóstico post-separación. Por el contrario, cuando los padres no pueden percibir las diferencias, tienen dificultad de elaborar pérdidas y diferenciarse de los hijos favorecen confusiones y attachments indiferenciados con sus hijos a quienes pueden convertir en personas frágiles e inseguras.

La situaciones de abandono de uno de los padres, o aún más cuando son los dos progenitores, compromete la salud mental del niño como hemos visto en el caso de Alicia. La desaparición y/o los vínculos imprevisibles son causa de traumatismos. La inconsistencia del régimen de visitas del padre con el que no se convive, deja heridas. La autoestima se resiente, la culpa y la depresión aparecen, estando en la base de muchas fobias, trastornos de conducta, de aprendizaje y en los más pequeños, de somatizaciones. Elaborar la separación de uno o de los dos padres es un duelo con demasiada carga para que lo haga un niño. Una de las consecuencias más relevantes son las fantasías terroríficas vinculadas al abandono.

María era una un niña alrededor de siete años cuando consultaron por problemas escolares. Durante la exploración me entero que también padece, desde hace mucho, terrores nocturnos. Habitualmente se despertaba chillando y explicaba sueños muy vividos en los que alguien entraba en su casa y le hacía daño a ella y a su mamá. En la historia aparece el divorcio de los padres cuando ella tenía dos años a raíz del cual y por cuestiones económicas, el padre pasaba mucho tiempo trabajando fuera del país. Cuando estaba en la ciudad, las visitas eran muy inestables, además de mantener una actitud de víctima, presentándose como alguien que había sido desposeído. A la niña, por ser pequeña, no le habían explicado demasiado sobre la separación, ni el porqué estaba su padre fuera, incluso a dónde estaba, lo que produjo en ella la fantasía de que el papá era algo así como “un sin techo” que estaba muy enfadado con la mamá porque le había echado de casa. No es muy difícil imaginar la relación entre las fantasías de tener un padre enfadado por haber sido expulsado y los personajes de los sueños que entraban a hacerle daño, posiblemente como venganza.

Un apartado especial es el tema de las funciones y roles que los hijos se sienten obligados a cumplir para sobrevivir al fuego cruzado entre los padres, en el que a menudo se encuentran inmersos.

Un rol sería el de “buen hijo” que cuida a los padres, lo que implica hacerse mayor prematuramente por no generar más problemas o para llenar el hueco del que ya no está. Muchos niños ocupan el lugar del que falta, metafórica y literalmente. Son los niños que en la terapia de familia denominamos “parentalizados”, niños que se transforman casi en la pareja de uno de los padres.

En la relación al padre con el que están, pueden ser excesivamente tiernos o por el contrario, despóticos por la falta de límites que el padre, lleno de culpa, no se anima a establecer. No quiere perder la idealización que el niño le asigna poniendo normas a su conducta.

Lorena es una niña de 6 años, derivada de la escuela por “mala y manipuladora”. Los padres se separaron cuando ella tenía un año y medio. La custodia la tiene la madre, con la que vive. Con el padre está los fines de semana alternos y una tarde a la semana.

Lorena tiene una familia reconstituida. El padre hace cuatro años formó una nueva pareja a quien le delega la atención de la niña cuando está con él. Hace dos años que ha tenido otra niña. La madre, por su parte, también hace tres años que formó una nueva pareja.

El motivo de consulta es que con sus actuaciones tiránicas hace llorar a los niños de su clase, miente y quiere llamar la atención. La madre la describe con carácter fuerte y autoritaria, a pesar de todo, a menudo sufre ansiedad y miedos.

La madre explica que siempre ha sido así pero que desde principio de curso todo se ha acentuado. Aunque la madre no lo relaciona con nada en particular, sabremos posteriormente en la entrevista con la maestra, que la niña ha explicado en el colegio que la mamá estaba embarazada y que había perdido el bebé. Información que se confirmará con la madre y se comprobará la coincidencia de las fechas con el agravamiento de la sintomatología.

La madre se siente muy culpable por no dar a su hija un hogar intacto: “por eso le permito demasiadas cosas. Tengo que aprender a frustrarla”.

El padre que ha delegado la educación de la niña, la madre que no la limita para nada, los movimientos familiares, nuevas parejas, nacimientos de hermanos, etc. están en la base de las conductas “tiránicas” de Lorena.

Otro rol que despliegan algunos niños es algo así como “de informadores”. Son niños sometidos a responder a las preguntas de uno de los padres acerca de lo que pasa o se dice en la casa del otro.

Laly era una adolescente que  cuando vino a la consulta estaba bastante enfadada  y ambivalente con sus padres, quienes habían estado durante años liados en juicios por temas económicos. Explica que de pequeña la madre le preguntaba a menudo lo que pasaba cuando estaba con el papá y le pedía que hiciese fotos de la casa. Pasado el tiempo se dio cuenta que las fotos la madre las utilizó para el expediente de divorcio a fin de demostrar que el padre tenía suficiente dinero para incrementar la pensión. Podemos imaginar, la sensación de traición y de culpa que pueden generar en los hijos estas maniobras.

Otros son los hijos de “divorciados”, niños que viven atrapados por uno de los padres quien les impide el acceso al otro, incitándolos a participar en un bando. Puede ser que el niño quiera verlo y no le dejen o puede ser que, por las presiones ambientales o seducido por uno de los padres, se haya identificado nada más que con uno de ellos. Es cualitativamente diferente el potencial evolutivo de los niños que pueden mantener la equidistancia del conflicto entre los padres, de aquellos que quedan atrapados en identificaciones exclusivas. A pesar de que no es una tarea fácil, si el niño aún
padeciendo un conflicto de lealtades, puede querer a la pareja por encima de cada uno, si es capaz, a pesar de la problemática familiar, de mantener la ambivalencia con los dos, tiene asegurada una mejor evolución.

Daniel tiene 16 años, sus padres están en medio de un complicado divorcio. Él quiere mantener una cierta distancia de la situación, querría no atraparse en identificaciones únicas, pero los padres se lo ponen muy difícil; los dos le piden lealtad exclusiva. El padre le llena la cabeza culpando a la madre de todo el malestar y le anima a enfrentarse a ella, mientras ésta no entiende, y así se lo hace saber a Daniel, cómo puede ir con el padre sabiendo lo que le ha hecho a ella. A menudo le dice que si eso le hubiese pasado a su madre, ella nunca iría con el padre.

Podemos imaginar la confusión en la que Daniel vive. De momento repite curso y está desarrollando una actitud de “pasar de todo”. Pero las defensas forzadas a menudo fallan y últimamente está teniendo problemas somáticos, como ahogos sin causa aparente, que han necesitado para ser resueltos algún ingreso hospitalario. ¡Cuando la mente no puede contener, el cuerpo actúa!

Otras veces nos encontramos con el rol contrario, se le otorga al hijo el papel de “reunificador de la pareja”. Niños a los que no se les ha ayudado a entender qué significa el divorcio y por tanto les cuesta aceptarlo como definitivo. Son hijos que intentan por todos los medios que los padres vuelvan a estar juntos. Las fantasías de reconciliación están presentes e incluso ya de adultos, mantienen la ilusión de avenencia entre los padres.

Mónica, una paciente de 14 años que, según sus palabras, “no puede portarse bien” con el compañero de la madre con el que convive desde hace 4 años. Reconoce que es una buena persona, que trata bien tanto a ella como a su madre, pero no puede quererle porque no acepta la separación de los padres y piensa que en algún momento volverán. El padre tampoco ayuda mucho ya que se presenta como alguien desposeído de su lugar.

Otro tema bastante importante en las separaciones familiares y al que no siempre se le da el suficiente lugar, es el papel de la familia extensa en la post-separación. Mantener los vínculos, siempre que sea posible y se considere adecuado, con toda la familia, es una buena manera de salvaguardar la estabilidad del mundo del niño.

Los padres de Joel se separaron cuando él tenía menos de un año. La comunicación entre ellos era muy limitada y agravada por el hecho de que el padre, por razones de trabajo, se fue a vivir a otra ciudad a unas horas de distancia, donde formó otra pareja. Durante el primer tiempo, el niño no vio al padre y cuando se pudo restablecer el contacto, fue insuficiente. Siempre es el niño quien se desplaza y a pesar de eso, por el tipo de trabajo del padre, casi no lo ve.

En la primera entrevista diagnóstica vienen la madre y el tío, hermano del padre, situación que sorprende un poco ya que no es lo más habitual.

Consultan porque ahora Joel está ansioso, malcarado, enfadado y ha empezado a tener problemas con los compañeros de la escuela. También, porque a pesar de que es un niño inteligente, está bajando su rendimiento escolar.

Poco a poco en la primera entrevista, y después se confirmará con el niño, se ve cómo el tío ha sido una figura importante para Joel. Es quien ha hecho de puente con la familia paterna a la vez que también ejerce cierta función parental. No tiene un régimen de visitas regladas pero por la buena relación con la madre y el niño, lo lleva a menudo a hacer actividades y a pasar fines de semana o días de vacaciones a la casa familiar que tienen al pueblo donde también están los abuelos paternos.

El tío reconoce la “insuficiencia” de su hermano y ha podido sostener de forma muy adecuada los vínculos familiares de Joel. No es por casualidad que la serie de TV que más le gusta al niño sea “Dos hombre y medio”, que trata de dos hermanos y el hijo de uno de ellos que por diversas circunstancias conviven juntos.

Aunque la viñeta sirve para mostrar la importancia de mantener en lo posible los lazos con la familia extensa, también puede ilustrar en otro sentido. Durante la exploración psicológica de Joel el punto que apareció como detonante de los síntomas actuales fue el nacimiento de un bebé que ha tenido su padre. Las relaciones fraternas tan importantes y a la vez no exentas de las normales complicaciones emocionales, en estos casos representan un añadido más para procesar.

Para acabar, una última reflexión.  La elaboración del duelo de la pérdida de la unidad familiar supone para todos los miembros hacer una reestructuración de la vida. Por parte de los padres, adaptarse a una nueva forma de vivir que a menudo comporta readaptar la economía, el trabajo y el tiempo libre, estableciendo un nuevo orden entre las necesidades propias y las de los hijos.

En el caso de los hijos, lo verdaderamente importante es que a pesar de que en la realidad externa los padres no estén juntos como pareja, sí lo estén como padres en la realidad interna. Si el niño ha podido incorporar una pareja de padres que le quieren y tienen el deseo y la voluntad de cuidar de él, atendiéndolo en sus necesidades y ayudándolo a transitar por las diversas etapas de su vida, las repercusiones de la separación serán integradas dentro suyo como condiciones de la vida y podrá desarrollarse saludablemente como cualquier otro niño con padres juntos o separados.


Queda prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin autorización expresa del autor.

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